En mi recuerdo guardo una paloma
que, desde tu buhardilla, alza el vuelo,
rígida e invidente hasta las lomas,
siempre pendiente de alcanzar el cielo.
La recuerdo volviendo hasta tu plaza,
ansiosa de encontrarte en su regreso.
Nunca necesitó un camino a casa,
siempre supo llegar hasta tu pecho.
A esa paloma gris por desconsuelo,
confundida en la torre de la iglesia,
no se la ha vuelto a ver por nuestra puerta.
Nadie la echa de menos en el pueblo,
por no ser necesaria la presencia,
de esta paloma tuya, mía y nuestra.
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