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sábado, 23 de abril de 2016

Desde el Barrio de las Letras

Cruce de la Calle Moratín con la Calle Santa María, donde nació este poema.

En banqueta de madera,
por la ventana contemplo,
regado de una cerveza,
lo efímero de mi tiempo.

Escribo, cual Lope hiciera,
con su vecino Quevedo,
una mañana cualquiera,
en una ciudad de cuento.

Ciudad que un día acogiera
a Calderón en su seno,
Góngora y otros poetas
procedentes del destierro.

Villa innoble, siempre vieja,
donde anida el descontento
de provincianos ascetas,
de hidalgos sin escudero.

Han paseado tus callejas
por miles los caballeros,
que de día son profetas
y de noche son rateros.

No veo tanta diferencia,
entre los días aquellos,
que había que tragar arena,
y la mierda de los nuestros.

Cervantes nos lo demuestra,
en su "Biblia de Consejos",
que lejos de hallarse muerta,
no cesa de dar ejemplo.

Vecino fue de esta tierra,
tan amante de sus muertos,
que en la vida los entierra
para vivir de recuerdos.

Sólo y en esta taberna,
se me ocurren estos versos,
en una tarde cualquiera;
una tarde de estos tiempos.

lunes, 21 de septiembre de 2015

Otoño en el corazón

Imagen de Karina Diarte


Un gesto amargo que el viento mece,
un corazón perenne de otoño,
una sonrisa que no florece,
hojas caducas visten mi rostro.

Savia en cicuta que se convierte,
pura desdicha nutre los poros,
en el silencio que más escuece,
sirve de abono para los lloros.

La primavera fue un espejismo,
un desengaño, una mentira,
una careta, más de lo mismo.

Y sin embargo, mi alma respira,
no desespera, por si consigo,
otra flor que me pueble de vida.

lunes, 13 de julio de 2015

Lo que anuncia el horizonte

La aurora estalla artificios,
sobre un rojo y tibio lienzo,
que nos señala el comienzo
del día portando vicios,

que alimentan pensamientos,
sin mesuras y sin juicios,
dejándonos al servicio
de rumores y lamentos,

que son quienes alimentan
con el hambre y la desidia,
estómagos que atormentan;

espíritus cuya envidia,
para el disfrute se presta
del que te arranca la vida.

lunes, 1 de junio de 2015

El despertar

Borrando el malva del horizonte,
el Sol va su manto rielando,
suavemente acaricia los montes,
sorprende a la Luna bostezando.

Los espejismos siguen reinantes
en la caverna del viejo sabio,
mientras los cuerdos ríen triunfantes,
el loco aún se muerde los labios.

Tiempo ha que arrancó sus cadenas,
como porcelanas quebradizas;
alcanzó a correr por las arenas
que le anunciaron resbaladizas.

Al retornar, le asola la pena,
al abundar las almas que olvidan,
duros grilletes de su condena,
en la ignorancia pasan la vida.

"¡Abandona ese yugo que portas,
pesado collar que a gusto arrastras!"
Parece, más bien, que no le importan
al hombre las cuerdas que desatas.

Prefiere lucir las alas cortas,
disfruta del peso que le lastra,
por más que les hables de gaviotas,
quieren seguir creyendo en fantasmas.

Y así otro día más, se marchará el Sol,
volverán prestas, sombras a reinar.
El loco habrá de buscarse el calor,
no se ofrecen almas a cobijar.

La Luna otra vez, se come el color,
los hombres, de nuevo, van a soñar.
El pobre viejo, aguarda el albor,
no se rendirá con el despertar.

lunes, 4 de mayo de 2015

Soledad tercera

Se rompió la noche esperando,
las fragancias de la amapola,
y que la sonrisa en el rostro
se iluminara por sí sola.

Se rasgó una nube en el cielo,
soplando trigales y ceras,
haciendo un favor a Morfeo,
como una velada cualquiera.

Se ha roto una lágrima, seca
por remontar una colina
deshecha entre los barrizales
que atenazan a mis mejillas.

Se ha rasgado entre los párpados
la torpe pluma que camina
por entre escritos presurosos,
que en alabarte nunca atinan.

Se romperá el postrero día,
a hurtadillas y de puntillas,
confundiendo como confunde
tus sueños con mis pesadillas.

Habrá de rasgarse en mi pecho,
el último de los suspiros,
poniendo fin a cada cuento,
procurando obviar al olvido.

martes, 24 de junio de 2014

La huida

Riachuelos plagados de meandros se iban dibujando, sin ánimo de cesar, por el polvoriento cristal del ventanuco; semejantes a la inundación que, como se presagiaba con más intensidad en el ojo izquierdo que el derecho, acabaría poblando sus párpados, mientras goteras inalterables en un exterior cercano, se confunden con la rasante estela que agobia el aire de los campos.
Ramificaciones acuosas sin sentido, verticales, como latidos de sangre cristalina, era lo único que adivinaban sus pensamientos, concentrados en el gris vítreo que, sin embargo, arrojaba la insolente luz que enfocaba la estancia. Una buhardilla obscura, no muy descuidada, dibujando una estampa tenebrista que no barroca, a causa de la absoluta ausencia de ornato, en ese preciso instante.
Alumbrada, una silla sostiene a un hombre, quizá un muñeco, pero vestido, perfumado, afeitado y boquiabierto. Por la humedad de sus cuencas, a modo de lentes, contempla el -ahora- opaco vidrio.

Una cándida carcajada, asfixiada por el propio goce; unas botas enfangadas; un silencio eterno tras un disparo; unos ojos cerrados de mujer, en el instante previo a un dulce beso; espigas agitadas por el viento; un gorrión yerto entre adoquines; un vello puesto en pie, por la sorpresa de la brisa del estío; una lengua rebañando el chocolate de sus labios; el silbido de proyectiles; el crepitar del fuego, luchando por sobrevivirle al aire; un caer en un abrazo.

Súbitos atropellos de una mente ajada, sacudida sutilmente por el leve zurrir de una puerta. Media estancia se ilumina acompañada de una joven, que conduce sigilosa una bandeja entre sus manos.

-Te traigo un te con unas pastas, que no has comido nada en todo el día.

Tras un momento de duda, ante la absoluta ausencia de reacción por parte de quien contempla impasible la ventana, piensa, o quizá dice en voz alta:

-Pobre tío. Desde aquello, ya no es el mismo. Siempre sentado; sumido en sus pensamientos. Por la que está cayendo, seguro que se acuerda de la primavera.

Tal como vino, sin alterar la paz del cuarto, abandona tras de sí ese rincón oculto al mundo, girando con cuidado el pomo que la devuelve a la realidad.
Como un susurro en medio de una tormenta de arena, alcanzan aquellas últimas palabras el maltrecho espíritu allí sedente, para señalar, con una leve dilatación en sus pupilas, el camino por el cual, este ser vacío de alma, que no de corazón, desearía huir.
"Recuerdo la primavera. Mi primavera".

viernes, 31 de enero de 2014

Soledad segunda

Desvelado y contemplando
el rielar de mi propia sombra
sobre la pared del cuarto,
el yerto cirio se desdobla

taciturno y dibujando
visiones que a oscuras te nombran;
el tic-tac se va cobrando
amargos minutos y horas.

El negro pesa en mis pupilas.
El papel yace siniestro
sobre el cedro de la mesilla.

Agrupo recuerdos nuestros
que las tinieblas iluminan
a pesar que no hayas vuelto.

jueves, 9 de enero de 2014

Soledad primera

Instalado en el negro
me derrumba tu ausencia,
por no ser cuanto sueño
ni gozar de tu esencia.

Que es tu risa el aliento
que le falta a mi fuerza,
mas también vil tormento
cada vez que se ausenta.

Nostalgia cubre mi boca,
plena de gritos callados,
colmados de letanías

que en mí el llanto provocan
por no verse apaciguados
de tanta melancolía.

jueves, 29 de agosto de 2013

Contigo, sólo en la noche

Si he de sentirte sólo de noche,
Bajo la atenta mirada de las acacias,
Todavía tendré que dar las gracias,
Y dar otro momento a los reproches.

Labro cada día esta yugada de asfalto,
De sol a sol por un simple mendrugo,
Mientras mi nuca sostiene el yugo,
Mientras por dicha recibo quebranto.

Dos puntillas se atoran en mis sienes,
Por el tiempo junto a ti perdido,
Ya no lo puedo dar por recibido,
Hasta este punto la labor me hiere.

Si te he de ver sólo en la noche,
Cuando los girasoles no nos miren,
Será porque los lobos se descuiden
Consintiendo que de tu alma goce.