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miércoles, 23 de agosto de 2017

Para encontrarme contigo / El acertijo

El gris que adorna las casas
es el mismo que camino,
atravesando La Rambla
para encontrarme contigo,

ahora que besas mi playa,
ahora que llego al destino,
que tu viento me marcaba,
Mediterráneo, mi amigo.

Desde mi niñez cantabas,
susurrándome al oído,
el secreto que ocultabas.

Marcabas un rumbo fijo,
para descubrir tu magia
me hacía falta un acertijo.


El acertijo

En Canaletas primero,
por entre flores después,
escondida en los tinteros
y también en los 'plumiers'.

Callejas y mentideros,
en que te ocultas también,
palmeras y merenderos,
adoquines y "moblés".

Todos componen la esencia
con que te dejas querer,
aroma de magia y fiesta.

Aunque no llegué a nacer
en esta vetusta tierra,
mis pies a ti han de volver.


Tramo de La Rambla de Barcelona

miércoles, 16 de agosto de 2017

Compañera de locuras

En este mundo de locos, me devuelves la cordura,
yo quisiera convencerte, resolver todas tus dudas;
yo quiero corresponderte, las caricias una a una,
pero aunque te sepa a poco, así sano mis locuras.
No hace falta comprenderte, creo en todas tus tontunas,
que no son cosas de tontos, son historias de aventura,
de esas con que los mocosos van lustrando las monturas
de los sueños sorprendentes, ilusiones que perduran.
Perduran en mi recuerdo, por mucho que no las viva
como cuando era pequeño, como cuando las creía,
pero ahora las recupero, desde que estás en mi vida.
Está habitando en mi cuerpo, un alma otrora perdida,
desde que te he descubierto, encontré lo que quería:
el complemente perfecto, la perfecta compañía.




lunes, 10 de agosto de 2015

Deja abierto tu balcón

Desde el balcón suspirabas
buscando un rayo de luna,
buscando un rayo de luna
que el rostro te iluminara.

Creíste ver la figura
de Peter Pan que le llaman.
De Peter Pan que le llaman
a este imberbe caradura.

No es capaz, el muy canalla,
de guardar a buen recaudo
ni las sombras del pasado
porque le faltan agallas.

Mira tú si es despistado,
que no ve a Wendy eclipsada,
adormecida y callada,
y sin dejar de observarlo.

La sombra se ha detenido
sobre la niña, que ríe.
No es que Peter no se fíe,
más la mira sorprendido.

La chiquilla estaba triste,
con un gesto confundido,
y tan sólo ha sonreído
cuando ante ella apareciste.

De buen agrado se presta
a la sombra devolverte,
mas habrás de convencerte,
quien algo quiere, le cuesta.

Y Wendy, tan inconsciente,
a instruirle a volar le reta,
lo que Peter pronto acepta,
pues lo ve muy conveniente.

"Con este polvo de hadas,
con un pensamiento alegre,
debes sentir que se mueve
tu cuerpo como con alas".

No pareció suficiente,
la niña no se elevaba,
se sentía muy frustrada
por más veces que lo intente.

Probó Peter con un cuento
de los que Wendy contaba,
en que otra niña viajaba
con otro ingenioso invento.

Tres golpecitos bastaban
sobre tacones resueltos
para conducirla presto
allá donde deseaba.

Volaron juntos entonces
sorteando las estrellas
superando las fronteras
que te hacen perder el Norte.

Nunca lució tan risueña
Wendy como aquella noche
que recuperó los goces
de cuando era más pequeña.

Quedó pues maravillada
con Peter Pan y su historia,
lo que ocurre es que ella ignora
que no es la única atrapada.

No eres la única atrapada,
porque el muchacho sin sombra,
por cada vez que te nombra
recuerda la madrugada.

Aquella en que se juntaron
en una sola dos almas,
en medio de un mar en calma,
donde lo malo olvidaron.

Recuérdalo: para volar,
no debes cerrar tu balcón,
dejó olvidado el corazón
tu enamorado, Peter Pan.

miércoles, 10 de junio de 2015

Sólo los niños... Sólo el amor...

Desde temprano, se habían sucedido los golpes, repiqueteos, enrosques, arrastres y todas las disonancias que ocupaban el aire aquella mañana, procedentes del sótano y emborronando el silencio. Norman probó de tan “dulce” forma la inagotable paciencia de su padre. Pese a contar sólo siete años recién cumplidos y no levantar dos palmos del suelo, sus valores alcanzaban las cotas más altas imaginables para un niño de su edad.
Arthur tuvo que forzar la puerta más que de costumbre, pues una pequeña astilla entorpecía accidentalmente, como una cuña, el impulso normal de las bisagras. Superado el escollo, quedó estupefacto ante la rocambolesca estampa que encontró:

-¿Otra vez, Norman? –Masculló al niño, sin duda aquejado del sueño del que no se había zafado todavía. -¿Por qué te gusta tanto desordenar mis herramientas?-. Indicó mientras se agachaba para recoger parte del estropicio.

El pequeño ni se inmutó. No apartó en ningún momento la vista del cachivache que manipulaba. Esta ausencia de reacción despertó la curiosidad de su padre. Tras rodearle, vio cómo atornillaba con destreza un extraño mecanismo, repleto de ruedas dentadas, muelles, poleas, amén de innumerables piezas de madera, adheridas de un modo peculiar a lo que parecía un reloj.

-¿Qué escondes ahí? –Inquirió Arthur a su hijo, que esta vez se sobresaltó. Daba la impresión de que hasta ese instante no se había percatado de su presencia.

Su modo de responder no fue otro que, acercándole con timidez el llamativo artefacto, accionarlo dándole cuerda durante unos segundos y esperar expectante, un milagro, después de colocarlo delicadamente a sus pies.
Tras un momento de incertidumbre, la máquina comenzó a ejecutar torpemente una combinación de danza y sinfonía, a la par que emitía una serie de luces. Un par de alarmantes chirridos hicieron saltar unos cuantos tornillos que de súbito detuvieron aquel juguete.

-JAJAJAJAJAJA. –Arthur no pudo contener una sonora risotada que, irremediablemente, condujo a los primeros sollozos de su hijo y ante los que, al percatarse, corrigió apresurado.
–Perdona cariño. –Aclaró. –Es muy bonito, pero me hizo gracia su sonido.
Echó mano entonces de la mayor de las diplomacias, esa que, de ser efectiva, te gratifica con el mejor de los premios, que no es otro que la sonrisa de un niño. -¿Para qué sirve tu ‘juguete’?
-¡No es ningún juguete! Tú no lo entiendes. –Acusó marcadamente Norman, completamente incapaz de disimular su enojo. Tras reponerse, trató de hacer comprensible para su progenitor el porqué de aquel prodigio. -Es una máquina del tiempo.

La palidez asoló el rostro de Arthur, a medias por la falta de tacto, a medias por lo insólito de la respuesta. Buscando en la insondable jungla de las palabras acertadas, concluyó, sonriendo: -¡Es un invento increíble! Aunque necesita unos retoques. Déjame ayudarte-.

Norman había desarrollado desde muy pronto una destreza única en sus manos, como se puede adivinar, pero este ingenio superaba todo lo anterior. Recuperada ya la calma, la consecuente cuestión no podía ser otra que: -¿Y a qué época tienes pensado viajar?
Con la mayor naturalidad, el chico afirmó: -A ayer por la mañana, papá.
-¿De verdad no quieres viajar más lejos? –Exclamó el padre sorprendido.
-No. Sólo quiero evitar la discusión que tuve ayer con la niña que me gusta del cole.

Esas simples y sinceras palabras, además de servir para tranquilizarle, una vez más, habían dejado maravillado a Arthur, enseñándole una nueva lección, al tiempo que le acercaban a comprender un poco más a Norman: sólo los niños imaginan las mayores maravillas, y sólo el amor nos empuja a hacerlas realidad.

viernes, 30 de mayo de 2014

La niña del vestido azul

De mi juventud recuerdo, con claridad meridiana, el día en que conocí a la que habría de convertirse a la postre en mi esposa, la mujer de mis sueños. Desde pequeño, los domingos se convertían en todo un ritual, y no solamente por la connotación religiosa del día en cuestión, como así lo marcaba la ferviente fe anglicana de mis padres, tan arraigada en ellos que resultaba indivisible de sus quehaceres diarios. Detestaba sinceramente el momento vergonzante en que mi servicial madre me enfundaba en los impecables leotardos blancos de algodón, prácticamente cosidos al estrecho pantalón burdeos, para después abotonarme cuidadosamente en sentido ascendente la levita a juego, tras encorsetarme en la camisa beige apagado. Ese era “el Día del Señor”. Meticuloso y apolillado desde mi más tierna infancia. Pero lo peor, sin el menor género de duda, era ese momento sacrosanto en que atravesábamos los portones de la Christ Church, la iglesia anglicana a la que acudíamos a la oración. El olor a rancio en la madera del dintel era manifiesto. No lo decía yo, es que era la comidilla general de las viudas cuando hacían lo propio, cuestionando a dónde iban a parar los fondos que recibía el pastor. Si ese tufillo impregnaba el aire, el complemento perfecto para engalanar definitivamente el ambiente de la iglesia era el crujir de los tablones de los bancos en el momento en que los feligreses se dignaban a depositar sus excelsos traseros en ellos. Una ópera que no estaba completa hasta que el reverendo iniciaba su prédica. Si he de ser sincero, esa era la única fase de deleite que me ofrecía la hora y media de tan armónica ceremonia. Todos aquellos personajes bíblicos, tan cercanos a mis héroes de la literatura, lograban trasladarme desde aquel vetusto santuario a mi pequeño rincón del mundo; una buhardilla cuyo único adorno para complementar el lecho no pasaba de un pequeño armario y una estantería de cuatro baldas en que se acumulaban unos pocos tomos. Mucho más no me podía permitir, dada la condición de mi familia, que sólo podía aparentar pertenecer a la High Society, sin ser de dicho estamento realmente. Pero a pesar de la necesidad, los escasos peniques que iba consiguiendo los invertía bien para ese pequeño vicio que afloraba en mí, ya desde los diez años. Esas cuatro paredes frías y repletas de humedades eran mi jardín secreto. No era un chico muy sociable, por lo que los libros supusieron una tremenda compañía para mí. Gracias a ellos, igual me mudaba a la piel del rey Arturo, que a las melenas de Ivanhoe. Pues bien, las filípicas dominicales del padre Liddell, a su manera, con la verbigracia de que hacía gala, conducían a un efecto similar al de los libros en mi mente. Me trasladaba a orillas del Mar Rojo, báculo en mano, cual magnánimo y poderoso Moisés. O me veía a mí mismo avisando al faraón de Egipto de los malos augurios que sus propios sueños le revelaban. Esa capacidad tenía el párroco para hacer volar mi imaginación.

Al concluir su homilía, la alegría era doble: volvía a la realidad desde mi mundo de ensoñación y, tras las felicitaciones y saludos de rigor, emprendíamos el camino a casa. Lo malo era lo cíclico del asunto. Nada cambiaba, sólo una tónica constante. Ese eterno retorno convertía esos días de descanso en una interminable agonía. El humo londinense, que iba siendo habitual en ese año 1864, se hacía todavía más pesado en esas jornadas, aun cuando las fábricas funcionaban a medio gas. Todo cambiaría, sin embargo, cuando Ella irrumpió en escena. Mi padre, como dije, por su irreductible fe, guardaba una extraordinaria relación con la cúpula de nuestra iglesia. No resultaba raro que el deán acudiera a tomar el té alguna que otra vez a nuestra casa. Sus modales exquisitos hacían que gozase de las simpatías de todo el mundo en la comunidad, pero daba la impresión de que nuestra familia despertaba en él más confianza que ninguna. Sólo así se entiende tanta asiduidad en sus reuniones privadas con nosotros, a las que siempre acudía acompañado de su esposa. En una de ellas, poco después de mi decimotercer cumpleaños, el matrimonio Liddell vino a casa acompañado de sus tres hijas. Lorina, una chica desgarbada de quince años, cuyo refinamiento (propio de su edad) superaba marcadamente el ridículo. Edith, que a punto de alcanzar los ocho años, aparentaba un par menos, por culpa de su aspecto raquítico y enfermizo. Incluso su estatura era demasiado reducida. Pero quien realmente me llamó la atención, desde el momento en que la vi aparecer detrás de su padre, fue Alice. Sólo era un año menor que yo y su aspecto no tenía nada que ver con el de sus hermanas. Para empezar, ella tenía el cabello color azabache, a diferencia del rubio que lucían las otras dos, a tono con unos ojos que expresaban un gesto despierto y misterioso a la par que atrayente. Pero ese negro imponente, contrastaba con la ropa; la suya propia y la de aquellas. Lucía un vestido color celeste, muy bonito, que contrastaba con el ocre que cubría a sus compañeras. No era su belleza lo que más deslumbraba. Más bien al contrario, puesto que Lorina con sus tonterías y Edith con su extrema delgadez, superaban tremendamente a Alice en lo que a rasgos se refiere. Ella era diferente. No sé si ese entrecejo curioso o el halo enigmático que la envolvía, pero ninguna niña de mi edad que hubiese podido cruzarme antes despertaba tanta curiosidad en mí.

En un primer momento, compartimos con los adultos un instante de dispersión en el salón. Tras las debidas presentaciones, la listilla de Lorina insinuó, medio a sabiendas de que estaba resultando impertinente, burlonamente, que su hermana mediana iba a ser protagonista de un cuento. La expresión de cólera en la chiquilla fue más que evidente, a lo cual, el reverendo estalló en una carcajada para restarle hierro al asunto. Aseguró que se trataba de una idea que llevaba rondando la cabeza de un amigo suyo desde hacía algún tiempo. Aquella aseveración no hizo sino acrecentar aún más mi deseo por saber de Alice. El predicador aseguraba que su amigo Charles Dodgson sentía mucho aprecio por la niña y que, como si de un juego se tratase, había ideado una historieta infantil inspirada en ella; por lo visto era un hombre con mucha imaginación. Entre el jolgorio, mi padre mencionó mi afición por la lectura y me instó a que me llevase a las hijas del señor Liddell a enseñarles mi particular “biblioteca”. Pese al rubor del primer momento, accedí finalmente, impulsado por lo que parecía una sonrisa que tímidamente esbozaba la musa del amigo de mi invitado. Una vez en el dormitorio, la hermana mayor, descarada como siempre, no dudó en acostarse en mi camastro con pose nerviosa. La pequeña Edith, en cambio, curioseaba mientras tanto en los estantes. Fue entonces cuando Alice se dignó a hablar, alabando los títulos de mi humilde colección, ansiosa por saber si había sido capaz de leerlos todos. Se detuvo en uno en concreto. Era Las aventuras de Robin Hood, de Walter Scott. Tras un suspiro, confesó que ese era uno de los pocos ejemplares que había podido leer en su corta vida, y que soñaba con vivir grandes aventuras, sin importarle el peligro. Tal afirmación me hizo caer en la cuenta, por coincidencia en gustos, ya que también aquella era mi historia favorita, de que esta doncella de pelo corto estaba conmigo en esta tarde porque habría de depararme grandes sorpresas.

La más inmediata, habría de llevármela justo después de delatarme. Yo no quería ser simplemente aquel ladronzuelo, sino cualquier personaje de cuento que me hiciera experimentar grandes desafíos, como parecía que le iba a ocurrir a ella gracias al tal Dodgson. Acto seguido y, tras meditarlo un instante, buscó en un bolsillo asido a la falda que llevaba, hasta sacar de él un reloj. Por la peculiaridad del mismo, deduje que no era suyo; hecho que debió reflejarse en mi cara. Tras un silencio más prolongado de lo esperado, sonrió, tomó mi mano y depositó en ella la cadena. Me miró fijamente, con un gesto de complicidad que me dejó definitivamente rendido a sus pies y me lanzó la gran pregunta que fijaría nuestros destinos para siempre. “¿Te gustaría vivir aventuras conmigo?”.

Ante esto, asentí sin dudarlo. Me habló de la importancia del reloj para su dueño y me invitó a salir en su busca para devolvérselo. Me disponía a correr junto a ella, sin miedo a lo desconocido, a cumplir con mis sueños. Nuestros sueños. Pero justo antes de atravesar el umbral, en medio de un chispazo de lucidez, aunque sin abandonar la euforia, pregunté.

“¿Y quién es el dueño del reloj?”.

Su sonrisa se acrecentó y afirmó sin el menor atisbo de duda.

“El Conejo de Pascua”...

La auténtica Alice Liddell

jueves, 10 de abril de 2014

Labios rojos

Anoche debí beber más de la cuenta. Así lo reflejan el hormigueo que, impertérrito, inunda infatigable las palmas de mis manos y esa jaqueca que entre extraña y familiar distorsiona el poco juicio que me va quedando.
Tras insuflar un segundo suspiro fatigoso, consigo resucitar la función de cada párpado, permitiéndome contemplar el deplorable estado de la habitación donde acabo de despertar, una vez que me acostumbro a la oscuridad reinante. Tengo manchas de vino que riegan la botonera de mi camisa en forma anárquica, fruto sin duda de algún tropiezo descuidado copa en mano. Mi cuerpo parece irremediablemente adherido al butacón sobre el que mi cuerpo se halla, como un trapo. El peso de mis miembros atenaza mi movimiento, torpe a causa de la cogorza. Incorporando la vista puedo contemplar una leña apagada desde hace días en la chimenea, papeles revueltos por todo el suelo, mobiliario volcado, algún que otro cristal roto y un tremendo desorden. Incluso hay rasguños en la madera del suelo. Mi incertidumbre está empezando a incrementarse ante lo acontecido la noche anterior, pues me planteo si la cantidad de alcohol ingerida fue capaz de inducirme a tal estado de embriaguez como para generar semejante catástrofe.
Julia y yo habíamos discutido acaloradamente; lo nuestro llevaba tiempo roto y sin visos de recuperación. Recuerdo la luna llena alumbrando la estancia. Gritos, insultos, lágrimas y puñales rasgando nuestras gargantas, pero todo dentro de la normalidad, sin el menor atisbo de violencia del uno hacia el otro. Recuerdo cómo su portazo de adiós me volteó por completo hasta dirigir mi mirada rota hacia el mueble bar, donde guardaba un Chardonnay de cinco años cuyo corcho esperaba ansioso una ocasión especial para ser compartido. Parecía que había llegado, aunque no fuese del tipo que más desease. Ahora puedo verlo tumbado en el suelo, sumergido en un mar de cristal pulverizado, culpable de extender sobre el piso una pestilencia etílica pegajosa. Había renegado repetidas veces de la vida sin ella antes de abrir la botella. No guardo ningún recuerdo más. Ni siquiera de la primera copa servida.
Me inunda ahora un irrefrenable impulso de levantarme, obviando el peso de mi cuerpo, ante la sorpresa de que acabo de cerciorarme. Mi reloj marca las 22:15. Debo llevar casi un día durmiendo. Eso ha supuesto mi ausencia del trabajo y sin capacidad física ni moral de justificarme. Me veo en la imperiosa necesidad de recomponer mis pensamientos para hacer frente a esta situación. Deambulo torpemente sobre los maltrechos restos de mi apartamento. Mi mareo es considerable, por no hablar de que al incorporarme he sentido una molestia muy dolorosa en el cuello, causada probablemente por una mala postura al dormir. Realmente no sabría concretar la duración de mi inconsciencia. Más aún cuando me di cuenta de que la persiana estaba bajada completamente, sin el menor resquicio para el paso de luz, imposibilitando discernir el discurrir del día y la noche.
Acudo a enjuagarme la cara y no puedo evitar que se me hiele la sangre, ante lo que encuentro sobre la mesa del comedor. Justo ahí, rozando el borde romo de la misma, dispuesta a precipitarse al vacío en cualquier momento desde el tapete de encaje que la adorna, la copa que había rozado mis labios está prácticamente llena del báquico elixir. Junto a ella, casi en contacto con la pared, el verde vítreo del Chardonnay trasluce casi completo el contenido intacto, huérfano sólo de la citada copa. El aturdimiento se multiplica. Todo esto me resulta inexplicable. Me invade un sudor frío por la espalda como el rocío de la madrugada recorriendo los pistilos de las flores. Mis manos están rígidas y lucen pálidas en medio de la penumbra. Necesito tranquilizarme.
Ansioso acciono el grifo del lavabo con torpeza. Hago inútiles intentos por tragar saliva, pero mi garganta parece recubierta de un cúmulo de barro. Bebo sin mesura, pero automáticamente siento inmensas arcadas. Imposible. He pasado una borrachera sin probar trago. No entiendo cómo es posible que me cueste beber y hasta salivar. Escupo una flema cuajada. Tiene sangre. Algo no va bien. El fluorescente me hace dudar de las manchas de vino en mi camisa. No consigo explicarme todo este alboroto ni mi estado físico… Pero si hay algo que realmente está a punto de devolverme a la inconsciencia, presa de un terrorífico desmayo, es comprobar atónito la completa ausencia de mi reflejo en el espejo.

lunes, 20 de enero de 2014

Naturaleza viva en ti

Luna pálida que agita
de escalofríos tu vientre,
a golpe de sol y brisa,
azotando la simiente.
En cuanto asomen mis rayos
por tu sinuosa llanura,
florecerán los castaños,
se alumbrarán tus lagunas.
Si cubrieras de amapolas
las colinas de tu risa
y la seda de tus manos,
de mis vellos caracolas
en mi piel despuntarían
cada vez que nos amamos.