Desde temprano, se habían sucedido los golpes, repiqueteos, enrosques, arrastres y todas las disonancias que ocupaban el aire aquella mañana, procedentes del sótano y emborronando el silencio. Norman probó de tan “dulce” forma la inagotable paciencia de su padre. Pese a contar sólo siete años recién cumplidos y no levantar dos palmos del suelo, sus valores alcanzaban las cotas más altas imaginables para un niño de su edad.
Arthur tuvo que forzar la puerta más que de costumbre, pues una pequeña astilla entorpecía accidentalmente, como una cuña, el impulso normal de las bisagras. Superado el escollo, quedó estupefacto ante la rocambolesca estampa que encontró:
-¿Otra vez, Norman? –Masculló al niño, sin duda aquejado del sueño del que no se había zafado todavía. -¿Por qué te gusta tanto desordenar mis herramientas?-. Indicó mientras se agachaba para recoger parte del estropicio.
El pequeño ni se inmutó. No apartó en ningún momento la vista del cachivache que manipulaba. Esta ausencia de reacción despertó la curiosidad de su padre. Tras rodearle, vio cómo atornillaba con destreza un extraño mecanismo, repleto de ruedas dentadas, muelles, poleas, amén de innumerables piezas de madera, adheridas de un modo peculiar a lo que parecía un reloj.
-¿Qué escondes ahí? –Inquirió Arthur a su hijo, que esta vez se sobresaltó. Daba la impresión de que hasta ese instante no se había percatado de su presencia.
Su modo de responder no fue otro que, acercándole con timidez el llamativo artefacto, accionarlo dándole cuerda durante unos segundos y esperar expectante, un milagro, después de colocarlo delicadamente a sus pies.
Tras un momento de incertidumbre, la máquina comenzó a ejecutar torpemente una combinación de danza y sinfonía, a la par que emitía una serie de luces. Un par de alarmantes chirridos hicieron saltar unos cuantos tornillos que de súbito detuvieron aquel juguete.
-JAJAJAJAJAJA. –Arthur no pudo contener una sonora risotada que, irremediablemente, condujo a los primeros sollozos de su hijo y ante los que, al percatarse, corrigió apresurado.
–Perdona cariño. –Aclaró. –Es muy bonito, pero me hizo gracia su sonido.
Echó mano entonces de la mayor de las diplomacias, esa que, de ser efectiva, te gratifica con el mejor de los premios, que no es otro que la sonrisa de un niño.
-¿Para qué sirve tu ‘juguete’?
-¡No es ningún juguete! Tú no lo entiendes. –Acusó marcadamente Norman, completamente incapaz de disimular su enojo. Tras reponerse, trató de hacer comprensible para su progenitor el porqué de aquel prodigio. -Es una máquina del tiempo.
La palidez asoló el rostro de Arthur, a medias por la falta de tacto, a medias por lo insólito de la respuesta. Buscando en la insondable jungla de las palabras acertadas, concluyó, sonriendo: -¡Es un invento increíble! Aunque necesita unos retoques. Déjame ayudarte-.
Norman había desarrollado desde muy pronto una destreza única en sus manos, como se puede adivinar, pero este ingenio superaba todo lo anterior. Recuperada ya la calma, la consecuente cuestión no podía ser otra que: -¿Y a qué época tienes pensado viajar?
Con la mayor naturalidad, el chico afirmó: -A ayer por la mañana, papá.
-¿De verdad no quieres viajar más lejos? –Exclamó el padre sorprendido.
-No. Sólo quiero evitar la discusión que tuve ayer con la niña que me gusta del cole.
Esas simples y sinceras palabras, además de servir para tranquilizarle, una vez más, habían dejado maravillado a Arthur, enseñándole una nueva lección, al tiempo que le acercaban a comprender un poco más a Norman: sólo los niños imaginan las mayores maravillas, y sólo el amor nos empuja a hacerlas realidad.
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miércoles, 10 de junio de 2015
viernes, 15 de mayo de 2015
12 segundos
(TIC) Mi respiración acelerada.
(TAC) El rechinar nervioso de mi mandíbula.
(TIC) Mis zapatos resbalando en encarnizada lucha.
(TAC) El roce de la cuerda forcejeada por mis muñecas.
(TIC) Mis gruñidos mudos por la mordaza.
(TAC) El crujir de la silla que me acoge.
(TIC) Mi venda en los ojos.
(TAC) El sudor corriendo por mi frente.
(TIC) Pasos calmados.
(TAC) Y ese maldito reloj cada vez más cerca.
(TIC) Escucho todo de forma amplificada.
(¡FRAP!) Hasta que un golpe seco lo silencia todo.
viernes, 10 de abril de 2015
Good night, Mr. ...
![]() |
| Fragmento de viñeta de la novela gráfica 'From Hell', de Alan Moore |
Me encuentro aturdida. Diría que mareada, pero mi justificada ceguera no da tregua a las dudas. A medida que las pupilas se acostumbran al negro, va apareciendo el verde. Almizcle, gotas, exhalaciones y sombras verdes, dibujan un ambiente claustrofóbico. No recuerdo nada, ni siquiera la cara del último cliente de anoche.
Otra sensación me invade ahora. Frío. Mucho frío.
Parece que estoy sola, y pese a la calma que reina en mí, esa respiración no es mía. No, no lo es, porque no la manejo. En cambio, siento mis turgentes pechos alzándose con cada apresurado suspiro. Da la impresión de que mi propio peso me impide articular más músculos que los que suben desde mi cuello.
Poco a poco distingo formas, aunque torpemente. Apenas algún ladrillo descubierto en una pared sucia y mohosa.
Al girar mi nuca no puedo evitar soltar un leve gemido. He oído algo. Un arrastrar de zapatos sorpresivo, seguido del choque de pequeñas piezas, diría herramientas, metálicas.
El frío me invade de nuevo, pero esta vez de forma brusca, como desgarrando mi vientre. Un sonoro grito emergido de mi boca provoca un eco insondable y estremecedor. Ahora mis suspiros se acompañan de quejidos y marcan el paso del goteo.
-“Buenas noches, Milady. No esperaba que despertaseis con tanto cloroformo como os suministré. Para la próxima, ya sé que no es suficiente”. – Una voz rota de hombre inunda el aire. Me resultaba algo familiar. –“No os preocupéis, es normal el dolor que sentís. Acabará pronto”. –Sigue.
Quiero hacer mil preguntas, pero no me siento ni la lengua. El dolor es insuperable. -“Es una pena que vuestra belleza no se corresponda con vuestra falta de moral. Pero ahora estoy purgando esa innata suciedad que portáis. Es lo justo”. –Nuevamente.
Pero, ¿a qué se refiere? ¿De qué habla? Mis preguntas acaban de hallar respuesta. Un objeto metálico, un cuchillo tal vez, ha roto un eco que apagó el resto del sonido. Ahora otro más pegajoso, escurridizo, húmedo, choca contra el suelo. Me siento vacía, ligera, congelada e increíblemente débil.
Imágenes vertiginosas pasan ante mis ojos, al tiempo que se disipa cuanto adivinaba de mi alrededor, poblado de la sombra de aquel inquietante soliloquio hecho persona. Me acuerdo de mi madre, los juegos de niñez, las esquinas de Londres, la dolorosa rotura del virgo sin amor. La ausencia de amor. Eso es lo que más siento, pese a todos los que supuestamente gozaron de él conmigo. Incluido este bastardo que está consumiendo los últimos gramos de cera de la llama que aún preserva mi existencia.
No sé qué me ha hecho. No sé por qué. No recuerdo su nombre… Sin embargo, parece que un último castigo divino ha venido a sentenciarme antes de perder completamente la consciencia. En un postrero halo de lucidez, y exhalando el aliento que chamusca definitivamente el cirio de mi espíritu, acierto a susurrar su nombre en medio de aquel silencio obscuro: “JACK”…
martes, 24 de junio de 2014
La huida
Riachuelos plagados de meandros se iban dibujando, sin ánimo de cesar, por el polvoriento cristal del ventanuco; semejantes a la inundación que, como se presagiaba con más intensidad en el ojo izquierdo que el derecho, acabaría poblando sus párpados, mientras goteras inalterables en un exterior cercano, se confunden con la rasante estela que agobia el aire de los campos.
Ramificaciones acuosas sin sentido, verticales, como latidos de sangre cristalina, era lo único que adivinaban sus pensamientos, concentrados en el gris vítreo que, sin embargo, arrojaba la insolente luz que enfocaba la estancia. Una buhardilla obscura, no muy descuidada, dibujando una estampa tenebrista que no barroca, a causa de la absoluta ausencia de ornato, en ese preciso instante.
Alumbrada, una silla sostiene a un hombre, quizá un muñeco, pero vestido, perfumado, afeitado y boquiabierto. Por la humedad de sus cuencas, a modo de lentes, contempla el -ahora- opaco vidrio. Una cándida carcajada, asfixiada por el propio goce; unas botas enfangadas; un silencio eterno tras un disparo; unos ojos cerrados de mujer, en el instante previo a un dulce beso; espigas agitadas por el viento; un gorrión yerto entre adoquines; un vello puesto en pie, por la sorpresa de la brisa del estío; una lengua rebañando el chocolate de sus labios; el silbido de proyectiles; el crepitar del fuego, luchando por sobrevivirle al aire; un caer en un abrazo. Súbitos atropellos de una mente ajada, sacudida sutilmente por el leve zurrir de una puerta. Media estancia se ilumina acompañada de una joven, que conduce sigilosa una bandeja entre sus manos. -Te traigo un te con unas pastas, que no has comido nada en todo el día. Tras un momento de duda, ante la absoluta ausencia de reacción por parte de quien contempla impasible la ventana, piensa, o quizá dice en voz alta: -Pobre tío. Desde aquello, ya no es el mismo. Siempre sentado; sumido en sus pensamientos. Por la que está cayendo, seguro que se acuerda de la primavera. Tal como vino, sin alterar la paz del cuarto, abandona tras de sí ese rincón oculto al mundo, girando con cuidado el pomo que la devuelve a la realidad.
Como un susurro en medio de una tormenta de arena, alcanzan aquellas últimas palabras el maltrecho espíritu allí sedente, para señalar, con una leve dilatación en sus pupilas, el camino por el cual, este ser vacío de alma, que no de corazón, desearía huir.
"Recuerdo la primavera. Mi primavera".
Ramificaciones acuosas sin sentido, verticales, como latidos de sangre cristalina, era lo único que adivinaban sus pensamientos, concentrados en el gris vítreo que, sin embargo, arrojaba la insolente luz que enfocaba la estancia. Una buhardilla obscura, no muy descuidada, dibujando una estampa tenebrista que no barroca, a causa de la absoluta ausencia de ornato, en ese preciso instante.
Alumbrada, una silla sostiene a un hombre, quizá un muñeco, pero vestido, perfumado, afeitado y boquiabierto. Por la humedad de sus cuencas, a modo de lentes, contempla el -ahora- opaco vidrio. Una cándida carcajada, asfixiada por el propio goce; unas botas enfangadas; un silencio eterno tras un disparo; unos ojos cerrados de mujer, en el instante previo a un dulce beso; espigas agitadas por el viento; un gorrión yerto entre adoquines; un vello puesto en pie, por la sorpresa de la brisa del estío; una lengua rebañando el chocolate de sus labios; el silbido de proyectiles; el crepitar del fuego, luchando por sobrevivirle al aire; un caer en un abrazo. Súbitos atropellos de una mente ajada, sacudida sutilmente por el leve zurrir de una puerta. Media estancia se ilumina acompañada de una joven, que conduce sigilosa una bandeja entre sus manos. -Te traigo un te con unas pastas, que no has comido nada en todo el día. Tras un momento de duda, ante la absoluta ausencia de reacción por parte de quien contempla impasible la ventana, piensa, o quizá dice en voz alta: -Pobre tío. Desde aquello, ya no es el mismo. Siempre sentado; sumido en sus pensamientos. Por la que está cayendo, seguro que se acuerda de la primavera. Tal como vino, sin alterar la paz del cuarto, abandona tras de sí ese rincón oculto al mundo, girando con cuidado el pomo que la devuelve a la realidad.
Como un susurro en medio de una tormenta de arena, alcanzan aquellas últimas palabras el maltrecho espíritu allí sedente, para señalar, con una leve dilatación en sus pupilas, el camino por el cual, este ser vacío de alma, que no de corazón, desearía huir.
"Recuerdo la primavera. Mi primavera".
viernes, 30 de mayo de 2014
La niña del vestido azul
De mi juventud recuerdo, con claridad meridiana, el día en que conocí a la que habría de convertirse a la postre en mi esposa, la mujer de mis sueños. Desde pequeño, los domingos se convertían en todo un ritual, y no solamente por la connotación religiosa del día en cuestión, como así lo marcaba la ferviente fe anglicana de mis padres, tan arraigada en ellos que resultaba indivisible de sus quehaceres diarios. Detestaba sinceramente el momento vergonzante en que mi servicial madre me enfundaba en los impecables leotardos blancos de algodón, prácticamente cosidos al estrecho pantalón burdeos, para después abotonarme cuidadosamente en sentido ascendente la levita a juego, tras encorsetarme en la camisa beige apagado. Ese era “el Día del Señor”. Meticuloso y apolillado desde mi más tierna infancia. Pero lo peor, sin el menor género de duda, era ese momento sacrosanto en que atravesábamos los portones de la Christ Church, la iglesia anglicana a la que acudíamos a la oración. El olor a rancio en la madera del dintel era manifiesto. No lo decía yo, es que era la comidilla general de las viudas cuando hacían lo propio, cuestionando a dónde iban a parar los fondos que recibía el pastor. Si ese tufillo impregnaba el aire, el complemento perfecto para engalanar definitivamente el ambiente de la iglesia era el crujir de los tablones de los bancos en el momento en que los feligreses se dignaban a depositar sus excelsos traseros en ellos. Una ópera que no estaba completa hasta que el reverendo iniciaba su prédica. Si he de ser sincero, esa era la única fase de deleite que me ofrecía la hora y media de tan armónica ceremonia. Todos aquellos personajes bíblicos, tan cercanos a mis héroes de la literatura, lograban trasladarme desde aquel vetusto santuario a mi pequeño rincón del mundo; una buhardilla cuyo único adorno para complementar el lecho no pasaba de un pequeño armario y una estantería de cuatro baldas en que se acumulaban unos pocos tomos. Mucho más no me podía permitir, dada la condición de mi familia, que sólo podía aparentar pertenecer a la High Society, sin ser de dicho estamento realmente. Pero a pesar de la necesidad, los escasos peniques que iba consiguiendo los invertía bien para ese pequeño vicio que afloraba en mí, ya desde los diez años. Esas cuatro paredes frías y repletas de humedades eran mi jardín secreto. No era un chico muy sociable, por lo que los libros supusieron una tremenda compañía para mí. Gracias a ellos, igual me mudaba a la piel del rey Arturo, que a las melenas de Ivanhoe. Pues bien, las filípicas dominicales del padre Liddell, a su manera, con la verbigracia de que hacía gala, conducían a un efecto similar al de los libros en mi mente. Me trasladaba a orillas del Mar Rojo, báculo en mano, cual magnánimo y poderoso Moisés. O me veía a mí mismo avisando al faraón de Egipto de los malos augurios que sus propios sueños le revelaban. Esa capacidad tenía el párroco para hacer volar mi imaginación.
Al concluir su homilía, la alegría era doble: volvía a la realidad desde mi mundo de ensoñación y, tras las felicitaciones y saludos de rigor, emprendíamos el camino a casa. Lo malo era lo cíclico del asunto. Nada cambiaba, sólo una tónica constante. Ese eterno retorno convertía esos días de descanso en una interminable agonía. El humo londinense, que iba siendo habitual en ese año 1864, se hacía todavía más pesado en esas jornadas, aun cuando las fábricas funcionaban a medio gas. Todo cambiaría, sin embargo, cuando Ella irrumpió en escena. Mi padre, como dije, por su irreductible fe, guardaba una extraordinaria relación con la cúpula de nuestra iglesia. No resultaba raro que el deán acudiera a tomar el té alguna que otra vez a nuestra casa. Sus modales exquisitos hacían que gozase de las simpatías de todo el mundo en la comunidad, pero daba la impresión de que nuestra familia despertaba en él más confianza que ninguna. Sólo así se entiende tanta asiduidad en sus reuniones privadas con nosotros, a las que siempre acudía acompañado de su esposa. En una de ellas, poco después de mi decimotercer cumpleaños, el matrimonio Liddell vino a casa acompañado de sus tres hijas. Lorina, una chica desgarbada de quince años, cuyo refinamiento (propio de su edad) superaba marcadamente el ridículo. Edith, que a punto de alcanzar los ocho años, aparentaba un par menos, por culpa de su aspecto raquítico y enfermizo. Incluso su estatura era demasiado reducida. Pero quien realmente me llamó la atención, desde el momento en que la vi aparecer detrás de su padre, fue Alice. Sólo era un año menor que yo y su aspecto no tenía nada que ver con el de sus hermanas. Para empezar, ella tenía el cabello color azabache, a diferencia del rubio que lucían las otras dos, a tono con unos ojos que expresaban un gesto despierto y misterioso a la par que atrayente. Pero ese negro imponente, contrastaba con la ropa; la suya propia y la de aquellas. Lucía un vestido color celeste, muy bonito, que contrastaba con el ocre que cubría a sus compañeras. No era su belleza lo que más deslumbraba. Más bien al contrario, puesto que Lorina con sus tonterías y Edith con su extrema delgadez, superaban tremendamente a Alice en lo que a rasgos se refiere. Ella era diferente. No sé si ese entrecejo curioso o el halo enigmático que la envolvía, pero ninguna niña de mi edad que hubiese podido cruzarme antes despertaba tanta curiosidad en mí.
En un primer momento, compartimos con los adultos un instante de dispersión en el salón. Tras las debidas presentaciones, la listilla de Lorina insinuó, medio a sabiendas de que estaba resultando impertinente, burlonamente, que su hermana mediana iba a ser protagonista de un cuento. La expresión de cólera en la chiquilla fue más que evidente, a lo cual, el reverendo estalló en una carcajada para restarle hierro al asunto. Aseguró que se trataba de una idea que llevaba rondando la cabeza de un amigo suyo desde hacía algún tiempo. Aquella aseveración no hizo sino acrecentar aún más mi deseo por saber de Alice. El predicador aseguraba que su amigo Charles Dodgson sentía mucho aprecio por la niña y que, como si de un juego se tratase, había ideado una historieta infantil inspirada en ella; por lo visto era un hombre con mucha imaginación. Entre el jolgorio, mi padre mencionó mi afición por la lectura y me instó a que me llevase a las hijas del señor Liddell a enseñarles mi particular “biblioteca”. Pese al rubor del primer momento, accedí finalmente, impulsado por lo que parecía una sonrisa que tímidamente esbozaba la musa del amigo de mi invitado. Una vez en el dormitorio, la hermana mayor, descarada como siempre, no dudó en acostarse en mi camastro con pose nerviosa. La pequeña Edith, en cambio, curioseaba mientras tanto en los estantes. Fue entonces cuando Alice se dignó a hablar, alabando los títulos de mi humilde colección, ansiosa por saber si había sido capaz de leerlos todos. Se detuvo en uno en concreto. Era Las aventuras de Robin Hood, de Walter Scott. Tras un suspiro, confesó que ese era uno de los pocos ejemplares que había podido leer en su corta vida, y que soñaba con vivir grandes aventuras, sin importarle el peligro. Tal afirmación me hizo caer en la cuenta, por coincidencia en gustos, ya que también aquella era mi historia favorita, de que esta doncella de pelo corto estaba conmigo en esta tarde porque habría de depararme grandes sorpresas.
La más inmediata, habría de llevármela justo después de delatarme. Yo no quería ser simplemente aquel ladronzuelo, sino cualquier personaje de cuento que me hiciera experimentar grandes desafíos, como parecía que le iba a ocurrir a ella gracias al tal Dodgson. Acto seguido y, tras meditarlo un instante, buscó en un bolsillo asido a la falda que llevaba, hasta sacar de él un reloj. Por la peculiaridad del mismo, deduje que no era suyo; hecho que debió reflejarse en mi cara. Tras un silencio más prolongado de lo esperado, sonrió, tomó mi mano y depositó en ella la cadena. Me miró fijamente, con un gesto de complicidad que me dejó definitivamente rendido a sus pies y me lanzó la gran pregunta que fijaría nuestros destinos para siempre.
“¿Te gustaría vivir aventuras conmigo?”.
Ante esto, asentí sin dudarlo. Me habló de la importancia del reloj para su dueño y me invitó a salir en su busca para devolvérselo. Me disponía a correr junto a ella, sin miedo a lo desconocido, a cumplir con mis sueños. Nuestros sueños. Pero justo antes de atravesar el umbral, en medio de un chispazo de lucidez, aunque sin abandonar la euforia, pregunté.
“¿Y quién es el dueño del reloj?”.
Su sonrisa se acrecentó y afirmó sin el menor atisbo de duda.
“El Conejo de Pascua”...
La auténtica Alice Liddell
jueves, 10 de abril de 2014
Labios rojos
Anoche debí beber más de la cuenta. Así lo reflejan el hormigueo que, impertérrito, inunda infatigable las palmas de mis manos y esa jaqueca que entre extraña y familiar distorsiona el poco juicio que me va quedando.
Tras insuflar un segundo suspiro fatigoso, consigo resucitar la función de cada párpado, permitiéndome contemplar el deplorable estado de la habitación donde acabo de despertar, una vez que me acostumbro a la oscuridad reinante. Tengo manchas de vino que riegan la botonera de mi camisa en forma anárquica, fruto sin duda de algún tropiezo descuidado copa en mano. Mi cuerpo parece irremediablemente adherido al butacón sobre el que mi cuerpo se halla, como un trapo. El peso de mis miembros atenaza mi movimiento, torpe a causa de la cogorza. Incorporando la vista puedo contemplar una leña apagada desde hace días en la chimenea, papeles revueltos por todo el suelo, mobiliario volcado, algún que otro cristal roto y un tremendo desorden. Incluso hay rasguños en la madera del suelo. Mi incertidumbre está empezando a incrementarse ante lo acontecido la noche anterior, pues me planteo si la cantidad de alcohol ingerida fue capaz de inducirme a tal estado de embriaguez como para generar semejante catástrofe.
Julia y yo habíamos discutido acaloradamente; lo nuestro llevaba tiempo roto y sin visos de recuperación. Recuerdo la luna llena alumbrando la estancia. Gritos, insultos, lágrimas y puñales rasgando nuestras gargantas, pero todo dentro de la normalidad, sin el menor atisbo de violencia del uno hacia el otro. Recuerdo cómo su portazo de adiós me volteó por completo hasta dirigir mi mirada rota hacia el mueble bar, donde guardaba un Chardonnay de cinco años cuyo corcho esperaba ansioso una ocasión especial para ser compartido. Parecía que había llegado, aunque no fuese del tipo que más desease. Ahora puedo verlo tumbado en el suelo, sumergido en un mar de cristal pulverizado, culpable de extender sobre el piso una pestilencia etílica pegajosa. Había renegado repetidas veces de la vida sin ella antes de abrir la botella. No guardo ningún recuerdo más. Ni siquiera de la primera copa servida.
Me inunda ahora un irrefrenable impulso de levantarme, obviando el peso de mi cuerpo, ante la sorpresa de que acabo de cerciorarme. Mi reloj marca las 22:15. Debo llevar casi un día durmiendo. Eso ha supuesto mi ausencia del trabajo y sin capacidad física ni moral de justificarme. Me veo en la imperiosa necesidad de recomponer mis pensamientos para hacer frente a esta situación. Deambulo torpemente sobre los maltrechos restos de mi apartamento. Mi mareo es considerable, por no hablar de que al incorporarme he sentido una molestia muy dolorosa en el cuello, causada probablemente por una mala postura al dormir. Realmente no sabría concretar la duración de mi inconsciencia. Más aún cuando me di cuenta de que la persiana estaba bajada completamente, sin el menor resquicio para el paso de luz, imposibilitando discernir el discurrir del día y la noche.
Acudo a enjuagarme la cara y no puedo evitar que se me hiele la sangre, ante lo que encuentro sobre la mesa del comedor. Justo ahí, rozando el borde romo de la misma, dispuesta a precipitarse al vacío en cualquier momento desde el tapete de encaje que la adorna, la copa que había rozado mis labios está prácticamente llena del báquico elixir. Junto a ella, casi en contacto con la pared, el verde vítreo del Chardonnay trasluce casi completo el contenido intacto, huérfano sólo de la citada copa. El aturdimiento se multiplica. Todo esto me resulta inexplicable. Me invade un sudor frío por la espalda como el rocío de la madrugada recorriendo los pistilos de las flores. Mis manos están rígidas y lucen pálidas en medio de la penumbra. Necesito tranquilizarme.
Ansioso acciono el grifo del lavabo con torpeza. Hago inútiles intentos por tragar saliva, pero mi garganta parece recubierta de un cúmulo de barro. Bebo sin mesura, pero automáticamente siento inmensas arcadas. Imposible. He pasado una borrachera sin probar trago. No entiendo cómo es posible que me cueste beber y hasta salivar. Escupo una flema cuajada. Tiene sangre. Algo no va bien. El fluorescente me hace dudar de las manchas de vino en mi camisa. No consigo explicarme todo este alboroto ni mi estado físico… Pero si hay algo que realmente está a punto de devolverme a la inconsciencia, presa de un terrorífico desmayo, es comprobar atónito la completa ausencia de mi reflejo en el espejo.
Tras insuflar un segundo suspiro fatigoso, consigo resucitar la función de cada párpado, permitiéndome contemplar el deplorable estado de la habitación donde acabo de despertar, una vez que me acostumbro a la oscuridad reinante. Tengo manchas de vino que riegan la botonera de mi camisa en forma anárquica, fruto sin duda de algún tropiezo descuidado copa en mano. Mi cuerpo parece irremediablemente adherido al butacón sobre el que mi cuerpo se halla, como un trapo. El peso de mis miembros atenaza mi movimiento, torpe a causa de la cogorza. Incorporando la vista puedo contemplar una leña apagada desde hace días en la chimenea, papeles revueltos por todo el suelo, mobiliario volcado, algún que otro cristal roto y un tremendo desorden. Incluso hay rasguños en la madera del suelo. Mi incertidumbre está empezando a incrementarse ante lo acontecido la noche anterior, pues me planteo si la cantidad de alcohol ingerida fue capaz de inducirme a tal estado de embriaguez como para generar semejante catástrofe.
Julia y yo habíamos discutido acaloradamente; lo nuestro llevaba tiempo roto y sin visos de recuperación. Recuerdo la luna llena alumbrando la estancia. Gritos, insultos, lágrimas y puñales rasgando nuestras gargantas, pero todo dentro de la normalidad, sin el menor atisbo de violencia del uno hacia el otro. Recuerdo cómo su portazo de adiós me volteó por completo hasta dirigir mi mirada rota hacia el mueble bar, donde guardaba un Chardonnay de cinco años cuyo corcho esperaba ansioso una ocasión especial para ser compartido. Parecía que había llegado, aunque no fuese del tipo que más desease. Ahora puedo verlo tumbado en el suelo, sumergido en un mar de cristal pulverizado, culpable de extender sobre el piso una pestilencia etílica pegajosa. Había renegado repetidas veces de la vida sin ella antes de abrir la botella. No guardo ningún recuerdo más. Ni siquiera de la primera copa servida.
Me inunda ahora un irrefrenable impulso de levantarme, obviando el peso de mi cuerpo, ante la sorpresa de que acabo de cerciorarme. Mi reloj marca las 22:15. Debo llevar casi un día durmiendo. Eso ha supuesto mi ausencia del trabajo y sin capacidad física ni moral de justificarme. Me veo en la imperiosa necesidad de recomponer mis pensamientos para hacer frente a esta situación. Deambulo torpemente sobre los maltrechos restos de mi apartamento. Mi mareo es considerable, por no hablar de que al incorporarme he sentido una molestia muy dolorosa en el cuello, causada probablemente por una mala postura al dormir. Realmente no sabría concretar la duración de mi inconsciencia. Más aún cuando me di cuenta de que la persiana estaba bajada completamente, sin el menor resquicio para el paso de luz, imposibilitando discernir el discurrir del día y la noche.
Acudo a enjuagarme la cara y no puedo evitar que se me hiele la sangre, ante lo que encuentro sobre la mesa del comedor. Justo ahí, rozando el borde romo de la misma, dispuesta a precipitarse al vacío en cualquier momento desde el tapete de encaje que la adorna, la copa que había rozado mis labios está prácticamente llena del báquico elixir. Junto a ella, casi en contacto con la pared, el verde vítreo del Chardonnay trasluce casi completo el contenido intacto, huérfano sólo de la citada copa. El aturdimiento se multiplica. Todo esto me resulta inexplicable. Me invade un sudor frío por la espalda como el rocío de la madrugada recorriendo los pistilos de las flores. Mis manos están rígidas y lucen pálidas en medio de la penumbra. Necesito tranquilizarme.
Ansioso acciono el grifo del lavabo con torpeza. Hago inútiles intentos por tragar saliva, pero mi garganta parece recubierta de un cúmulo de barro. Bebo sin mesura, pero automáticamente siento inmensas arcadas. Imposible. He pasado una borrachera sin probar trago. No entiendo cómo es posible que me cueste beber y hasta salivar. Escupo una flema cuajada. Tiene sangre. Algo no va bien. El fluorescente me hace dudar de las manchas de vino en mi camisa. No consigo explicarme todo este alboroto ni mi estado físico… Pero si hay algo que realmente está a punto de devolverme a la inconsciencia, presa de un terrorífico desmayo, es comprobar atónito la completa ausencia de mi reflejo en el espejo.
jueves, 3 de abril de 2014
Entonces lo supe
El horóscopo del periódico aseguraba sin tapujos: "Encontrarás el amor verdadero". Menuda chorrada. Yo no creo en esas cosas. Quien escribe ese espacio de cuatro líneas en la sección de entretenimiento del diario es mejor novelista que muchos que ahora venden libros por toneladas. Imaginación no le falta, desde luego. Ni siquiera sé muy bien por qué me detuve a leer semejante sandez, pues no acostumbro. Pero desde luego, lo subsiguiente, ese sinsentido denominado 'prensa rosa', era ya demasiado repulsivo como para perder más tiempo desplazando mis pupilas sobre el papel reciclado.
Me encontraba en el lugar idóneo. De pie. Apoyado en un pilar del andén 4 de la estación, que resultaba ser el único con una papelera ajustada en su pétrea cintura. Una media vuelta con no demasiado estilo de bailarín y ese panfleto estaría en mejor sitio que entre mis manos.
Encestado el ejemplar, mi vista inquieta se posó primero en el maltrecho reloj sostenido desde una pobre uralita por un raquítico brazo de hierro. Como siempre, el gris de la ciudad coloreaba todo con su ineludible pincel. El paisaje y el espíritu se sumían en una atmósfera de hiel que impedía el discurrir normal del ritmo de las cosas. No sólo las agujas se desplazaban a cámara lenta, sino que hasta los trenes bailaban a ritmo similar. Hasta el sonido se distorsionaba inundado de ese aire plomizo. El tren de la rutina ya llevaba diez minutos de retraso y, el mero hecho de pensar en la bronca que me esperaba en la oficina, hizo que el resoplido emitido por mis labios retumbase como una ola colérica en los fríos huecos que aparecían de la nada en la estación.
Fue entonces cuando, tras el parpadear nervioso, repetido un par de veces de manera inconsciente, sentí cómo mis pupilas menguaban a la velocidad del rayo, permitiendo que mis cuencas luciesen, por un instante, una inmensidad de iris que -cual objetivo de cámara reflex- se ajustaban para definir un claro enfoque, no captado hasta ese momento, en que volví la mirada hacia las vías.
Allí mismo, en diagonal a mi situación, en el andén de acceso a los trenes, y en actitud semejante a la mía, la ví. Sus carrillos hinchados reflejaban en medio de aquella vida al ralentí, un bufido como el mío; a la vez que sus brazos abatidos, anclados a los bolsillos de su vaquero, daban claras muestras de un devenir de trapo en su cíclica existencia.
Casi sin tiempo a reaccionar, como el niño que huye de la lluvia que interrumpió su juego cuando apenas chispeaba, sentí el impulso irrefrenable de cruzar por las escaleras de comunicación entre vías. En menos de lo esperado ya estaban atronando sobre los peldaños las pesadas suelas de mis botas. No era habitual que un loco corriese como alma que lleva el diablo por aquella solitaria estación, pero en medio de ese mar de ensimismadas cabezas bajas, nadie se dignó a levantar el cuello hacia la pasarela que atravesaba vertiginosamente.
Por un instante, las agujas del mencionado reloj parecieron batir con furia, pues no esperaba alcanzar mi meta tan pronto. Lo que tenía claro era que no podía cederle terreno al pensamiento gélido antes de comprobar que mi arrebato no había sido en vano.
Casi tropecé cuando me erguí ante ella, asediado por la asfixia; cosa que no me impidió cerciorarme de que aquella miel en sus ojos, dio paso a una pincelada curva en su rostro que tiñó de pronto sus labios de un rojo carmesí. Aquel maravilloso aura que irradió súbitamente, me hizo darme cuenta de que todo cuanto nos rodeaba seguía ensombrecido. Sólo ella, sólo a mí, me estaba obsequiando en aquel mágico lapso con una brillante acuarela que no era sino fiel reflejo de la vida misma. Aquel difuminado rubor, indudablemente contagiado de todo lo anterior, aclaró completamente mis miras. Era una desconocida. Creo que no la había visto nunca por allí. Era una incógnita su destino de viaje. No habíamos cruzado una sola palabra. Pero sólo una persona podía mirarme como ella lo hizo en aquel momento. Resultó, por una vez, que el horóscopo tenía razón. Entonces lo supe.
Me encontraba en el lugar idóneo. De pie. Apoyado en un pilar del andén 4 de la estación, que resultaba ser el único con una papelera ajustada en su pétrea cintura. Una media vuelta con no demasiado estilo de bailarín y ese panfleto estaría en mejor sitio que entre mis manos.
Encestado el ejemplar, mi vista inquieta se posó primero en el maltrecho reloj sostenido desde una pobre uralita por un raquítico brazo de hierro. Como siempre, el gris de la ciudad coloreaba todo con su ineludible pincel. El paisaje y el espíritu se sumían en una atmósfera de hiel que impedía el discurrir normal del ritmo de las cosas. No sólo las agujas se desplazaban a cámara lenta, sino que hasta los trenes bailaban a ritmo similar. Hasta el sonido se distorsionaba inundado de ese aire plomizo. El tren de la rutina ya llevaba diez minutos de retraso y, el mero hecho de pensar en la bronca que me esperaba en la oficina, hizo que el resoplido emitido por mis labios retumbase como una ola colérica en los fríos huecos que aparecían de la nada en la estación.
Fue entonces cuando, tras el parpadear nervioso, repetido un par de veces de manera inconsciente, sentí cómo mis pupilas menguaban a la velocidad del rayo, permitiendo que mis cuencas luciesen, por un instante, una inmensidad de iris que -cual objetivo de cámara reflex- se ajustaban para definir un claro enfoque, no captado hasta ese momento, en que volví la mirada hacia las vías.
Allí mismo, en diagonal a mi situación, en el andén de acceso a los trenes, y en actitud semejante a la mía, la ví. Sus carrillos hinchados reflejaban en medio de aquella vida al ralentí, un bufido como el mío; a la vez que sus brazos abatidos, anclados a los bolsillos de su vaquero, daban claras muestras de un devenir de trapo en su cíclica existencia.
Casi sin tiempo a reaccionar, como el niño que huye de la lluvia que interrumpió su juego cuando apenas chispeaba, sentí el impulso irrefrenable de cruzar por las escaleras de comunicación entre vías. En menos de lo esperado ya estaban atronando sobre los peldaños las pesadas suelas de mis botas. No era habitual que un loco corriese como alma que lleva el diablo por aquella solitaria estación, pero en medio de ese mar de ensimismadas cabezas bajas, nadie se dignó a levantar el cuello hacia la pasarela que atravesaba vertiginosamente.
Por un instante, las agujas del mencionado reloj parecieron batir con furia, pues no esperaba alcanzar mi meta tan pronto. Lo que tenía claro era que no podía cederle terreno al pensamiento gélido antes de comprobar que mi arrebato no había sido en vano.
Casi tropecé cuando me erguí ante ella, asediado por la asfixia; cosa que no me impidió cerciorarme de que aquella miel en sus ojos, dio paso a una pincelada curva en su rostro que tiñó de pronto sus labios de un rojo carmesí. Aquel maravilloso aura que irradió súbitamente, me hizo darme cuenta de que todo cuanto nos rodeaba seguía ensombrecido. Sólo ella, sólo a mí, me estaba obsequiando en aquel mágico lapso con una brillante acuarela que no era sino fiel reflejo de la vida misma. Aquel difuminado rubor, indudablemente contagiado de todo lo anterior, aclaró completamente mis miras. Era una desconocida. Creo que no la había visto nunca por allí. Era una incógnita su destino de viaje. No habíamos cruzado una sola palabra. Pero sólo una persona podía mirarme como ella lo hizo en aquel momento. Resultó, por una vez, que el horóscopo tenía razón. Entonces lo supe.
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